Lecciones de Montaña: el equilibrio

Por: Tania Jiménez Narcia

Nota: Te recomiendo inhalar fuerte y exhalar lento. Hazlo de 3 a 5 veces. Ponle play a “Go Solo” de Tom Rosenthal y, te invito al cerro.

Ella, agitada y con mucho esfuerzo apenas respiraba. Tardes de estudio y de lectura dentro de la cancha, movimientos y jugadas repetidas hasta que le salieran. Horas sentadas en la banca reflexionando el entrenamiento, vomitó en muchos de ellos sabiendo que tenía que llevar al límite su cuerpo.

Buscaba tiros perfectos en búsqueda del control y dominio. Tenía jugadas por la noche y hasta la madrugada. Se acercaba el preselectivo nacional para el mundial de frontenis. Ella estaba tras ese boleto.

¿Pero quién lo diría? Ocho días después estaría en el hospital.  La causa: un partido “dominguero” de fútbol ocasionó una fractura de tres piezas importantes de la rodilla: ligamentos, meniscos y rótula.

Esa mañana llevaba sus tacos, sus espinilleras y su eterna playera con el dorsal 23. Pesaba la mochila pues traía pomadas, cremas con árnica, caléndula además de spray, geles e inclusive había decidido esa mañana infiltrarse. También llevaba dentro sus sueños.

Silbatazo inicial y arranca el juego. Pases cortos, tiros de media distancia, dribles, vueltas, saques de banda y de repente: ¡Puuuuuuuuuuuuuuuum! ¡Zaz!.......... ¡Caída al suelo!

Con el balón al pie, en su imaginación había hecho el mejor drible de la historia teniendo espacio para marcar el primer gol del partido, pero… un freno obligado. Desde las gradas se escuchó como crujió su rodilla y se desvaneció con un grito de dolor. Ella sentía presión. Dos operaciones y cuatro meses más tarde se pudo volver a poner de pie. Primero con muletas y después con amuletos.

En medio de rehabilitaciones, lucha contra el dolor, miedo e incertidumbre, encontró que la prioridad era recuperar la movilidad y con ello un poco de independencia. Ir al baño, ponerse la ropa sola, agacharse a amarrar los tenis…

La búsqueda era el regreso a las andadas. Pero ¿cómo sería? Se dio cuenta que el boleto que tenía recorriendo en su sangre desde niña era un boleto a la aventura, al movimiento constante.

La historia se cuenta entonces con una prescripción médica: el uso de la bicicleta y con el abrigo de la montaña en su dinámica de ascender y descender. Así iniciaron sus visitas al Desierto de los Leones y al Nevado de Toluca.

En el ascenso hay un ritmo constante, un recorrido de parajes nuevos, un descubrimiento de rutas, una comprensión del comportamiento de las piedras sueltas y la sincronización de los latidos del corazón con cada pedaleo.

En el descenso hay evidentes cambios. La velocidad se hace patente, y con ello la fugacidad, el acercamiento de un instante con el otro. Y si bien, hay menos esfuerzo físico, el reclamo de una alerta constante se evidencia frente a un elemento inesperado: una piedra, una persona, un animal que pudieran cruzarse en el camino.

La dinámica del ascenso y descenso de la montaña es el equilibrio entre la fuerza y la constancia, con la velocidad, la alerta y el cuidado, y es el compromiso del respeto a la naturaleza y el sostenimiento del proyecto de la vida humana.

 Eso es la montaña, eso es la vida.

 Ella soy yo.

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De pequeños pasos nacen grandes cambios